EL RETROVISOR
Dos miradas geniales se fueron
"Pienso que los hombres de cine tienen que estar siempre unidos, como fuente de inspiración, a su tiempo. No tanto para expresarlo por sus sucesos más crudos y trágicos, sino para recoger las resonancias que suenan dentro de él". M. Antonioni

Lejos de Suecia, en una cálida habitación, de grandes cortinajes, Ingmar Bergman, un hombre de 94 años entra en un sueño...
EDUARDO SABUGAL
Un hombre de 89 años de edad cierra los ojos, está recostado en su cama. Afuera el mar Báltico arroja una breve brisa sobre la casa. Sueña o cree que sueña. Respira lentamente, puede sentir como un metrónomo, el latido de su corazón. La naturaleza muerde salvaje y acuática la orilla de la isla. Su cama reposa en el centro de su residencia y ésta en el centro de la isla de Faaroe, que flota en el frío mar del norte como un barco de papel. En su sueño vuelve a ser niño y contempla a su hermano, vive de nuevo un trueque fundacional, vive de nuevo ese intercambio mágico en cámara lenta. Se ve a sí mismo reuniendo todos sus soldaditos de plomo y dándoselos a su hermano enjaulados en una caja de madera. Su hermano, a cambio del ejército de plomo, le tiende el aparato, un cinematógrafo. Respira lentamente, el aire sale por su nariz suavemente, el metrónomo apenas si agita su sueño, contempla la figura de un soldado que regresa de las cruzadas, se ha sentado junto a su cama. Afuera el Báltico sigue su danza eterna. El caballero medieval se ha puesto a jugar de nuevo su mítica partida de ajedrez, la muerte espera su turno, el metrónomo en el pecho del hombre gotea cada vez más lento, y es el reloj de arena entre los ajedrecistas. En el sueño una actriz pierde la voz repentinamente, una enfermera regresa. Afuera del sueño es 30 de Julio.
Lejos de Suecia, en una cálida habitación, de grandes cortinajes, un hombre de 94 años también entra en un sueño. Está sentado en una silla de ruedas. Sus anteojos se abren como ventanas sobre el buró. Hace mucho que no se usan y siguen ahí, corrigiendo la mirada de la nada. El ruido de las motocicletas y el ronroneo de las calles romanas, no entra hasta esta silenciosa cámara. Todo Roma entra a través de un filtro. Destazada, recompuesta, la ciudad se cuela hasta este cuarto. Los trozos de memoria, las épocas, los olores, las mujeres desnudas, la música, la Italia convulsa, se alinean lentamente en una fila onírica que se desangra en un solo cauce en el centro de la habitación, justo en la figura del hombre que sigue sentado apaciblemente en su silla. La silla deja de ser lo que es y se convierte de nuevo en la silla de un director. Más allá de las nubes, una mano recorre el cuerpo desnudo de una mujer, sin tocarla, sólo dibujándola. El contorno supradérmico de ese erotismo está ocurriendo ahora, en el cerebro varado de este hombre. Son las seis de la tarde, es 30 de Julio. El brazo de una guitarra eléctrica cae en el asfalto al ritmo de una canción de los Yardbirds, la silla se transforma en sofá, y el hombre ahí, sentado en medio de su cuarto, vuelve a disparar su última fotografía en un jardín londinense.
Las dos escenas se conectan. Ingmar Bergman conoció en 1961 esta isla en la que ahora sueña, en aquel año transcurría el rodaje de “Como en un espejo”, y como en un espejo, el mar que ahora se retira pausadamente, repite la ausencia de Ingrid, fallecida en 1995. La casa se vació, el metrónomo se detiene de golpe, el hombre deja de respirar y sigue el largo sueño, ahora eternamente rodante. Con el corazón detenido, Ingrid regresa, la partida comienza de nuevo, las blancas mueven un peón. A pesar de un derrame cerebral, hace más de veinte años atrás, Michelangelo Antonioni siguió con su hermosa rebeldía, filmando y creando. Su compromiso artístico intacto. Sus ojos más llenos de mundo, de piel. Ahora, reposando en su sofá, el cerebro se detiene, y como el metrónomo de Bergman, instaura con su inmovilidad, el eco infinito de una obra, de una filmografía. Todo se recompone en la profundidad de estos hombres como en un montaje perfecto.
En otro lugar, los dos hombres charlan, quizá en imágenes que trascienden el lado de acá, quizá con poesía arenosa con olor a celuloide. El italiano Michelangelo Antonioni, el sueco Ingmar Bergman, dos miradas que se fueron simultáneamente. Pintaron de negro los siguientes 30 de julio. Nos dejaron la posibilidad de repetir sus visiones, nos dejaron su bello y doloroso aprendizaje del mirar.
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