Suicidio colectivo

  * Del colectivo poblano Red de Escritores

 

YASSIR ZÁRATE

Con Suicidio colectivo arranca el quehacer editorial del colectivo poblano Red de Escritores (RES), que agrupa a un entusiasta combo de autores jóvenes. Esta primera entrega se interna en las posibilidades expresivas de la muerte voluntaria.

Poemas y minificciones le dan la vuelta a un tema que ha atormentado y fascinado a la comunidad literaria. Sin llegar al panegírico, pero tampoco cayendo en el melodrama o en la estridencia sentimentalista, los ocho autores congregados (y un bonus track ) ofrecen una perspectiva fresca y hasta aguda.

Sobre este nuevo título (fechado en este mismo mes de abril, en que se celebra el Día Internacional del Libro), la escritora destaca que Suicidio colectivo tiene la intención de dar a conocer los primeros trabajos de la Red de Escritores, a la que define como “una iniciativa colectiva quienes nos reunimos para hacer presentaciones literarias y difundir la lectura”. Trabajando con la dinámica de los talleres tradicionales, con la diferencia de que no hay un coordinador declarado. En ese sentido, recupera la intención de las antiguas tertulias. Destacó que la edición de este primer volumen fue autogestiva, al realizar aportaciones monetarias cada uno de los autores reunidos, quienes se encuentran en una búsqueda de la definición de su propia poética. En tanto que Alfredo Jiménez destacó la intención de explorar distintas posibilidades expresivas, “escribir sobre distintos temas, aportando aspectos poéticos”.

Así, a vuelo de ojo crítico, en los versos de Jazmín Carrasco Hernández se advierte, por una parte, el arduo, cotidiano y legendario combate con las palabras, presencia indeleble que acompaña a la poeta: “Llovían en mi cabeza insomne/ me seguían/ hablaban por mí solas/ me invadían/ me consolaban/ de una ausencia/ salieron a mi encuentro/ y me acompañaron/ para siempre”. Círculo eterno (por eso es círculo) que se resuelve y se complica por sí mismo. Es esa misma angustia /dicha que persigue, atormenta y alivia a prácticamente todos los escritores.

En tanto, los poemas de Marco A. Cerdio Roussell se embarcan en una aventura retórica que apuesta por el pulido de las metáforas. En “Febrero”, el poema con el que abre su participación en este volumen colectivo, se destaca el empleo de palabras metálicas y cromáticas: “Bajo el gris/ late un canto de pirita”, anuncia el poeta.

En su turno, Cira Flores Flores provoca un vuelco hacia la individualidad. Confidencias que afortunadamente evitan el abismo del melodrama. Canto a los sentidos, el tacto toma la palabra: “Piel salina en centímetros/ fractura/ que inmuta mi sistema,/ en la batalla/ muerdo tus labios”, se expresa así un último arrebato en la hora de la hora, como pide le destino ineluctable de todos nosotros.

Los microrrelatos de Alfredo Jiménez Hernández tienen un ligero teñido irónico, pero con cierto aire taciturno. Así ocurre con una pequeña pieza que se tambalea entre el epigrama, la minificción y la sentencia: “Sensación de lo incompleto:/ sexo con calcetines puestos”. De esta afirmación que está a muy corta distancia de lo pedestre (pero activamente sarcástico y vivencial) se alcanza una altura distinta con el último microtexto, de tan breve que casi parece frase suelta o una de esas sentencias que uno suele encontrar en la vida: “Silencia, atención: el mundo está sucediendo”. Ni modo, el autor ha hablado y hay que guardar respetuoso silencia para digerir la idea, casi conceptista, como la querían Francisco de Quevedo o Gracián.

Carlos Lezama aporta cinco minipoemas (que no haikús, como los quiere la tradición de la brevedad) caracterizados por el juego metafórico y cierto desgarro existencial: “Anochece/ y el corazón se niega/ entre orlas y pedernales/ a ser sólo/ cauce del silencio”. En cambio, Erick Rodríguez Castillo se adentra en un terreno más transitado por los jóvenes poetas: el del empleo intensivo de metáforas, casi todas opacas o de plano oscuras, crípticas, con cierta estridencia: “Más cerca de mí/ que de cualquier otro/ va hollando el gusano hambriento/ caído directamente/ de tus ojos”. En contraste Rubén Zéleny Vázquez aplica la ternura para lograr piezas delicadas y redondas. Breves textos que rozan los límites de la poesía, peor que se afincan en la prosa como recurso estratégico para contar historias llenas de lirismo. Por último, Moisés Rojas se decanta por el camino de la agilidad conceptual al publicar un texto lleno de ecos, que reverberar a lo largo de su trazo sinuoso, rompiendo la caja habitual del poema.

En su conjunto, se trata de un primer ensayo sólido, pulcro y prácticamente impecable en su edición, que por lo pronto circula de mano en mano (quizás la más efectiva de las formas de difundir una obra). Cabe destacar también su formato pequeño, que lo hace no sólo un libro de bolsillo, sino un remedio infalible para acabar con el desasosiego que se campea por nuestras calles en los últimos tiempos y que apresa no sólo a los escasos potenciales lectores, sino a la sociedad en su conjunto. Ahora sólo resta esperar el veredicto del tiempo.

 

 

   
 
 
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