RAZONES

Presidente y Ejército: de la subordinación al involucramiento

 

JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

 

Cuando hoy el secretario de la Defensa , el general Guillermo Galván Galván, pronuncie su discurso en el tradicional desayuno del Día del Ejército, estaremos ante un momento particularmente especial en la relación entre las Fuerzas Armadas y el gobierno federal. Como el presidente Calderón ha dicho, la designación de su gabinete de seguridad, en particular la de los mandos militares, fue una de las labores más difíciles del proceso de transición. El Presidente quería combinar la lealtad con una capacidad de operación de las Fuerzas Armadas en el respaldo institucional y el combate a la delincuencia organizada que diera una verdadera vuelta de tuerca a lo ocurrido en los años anteriores.

Previamente a la designación del general Galván, pasaron por las manos del Presidente currículums, informes, y fueron necesarias muchas horas de pláticas con todo tipo de interlocutores. El Presidente fue cambiando su percepción de lo que necesitaba y de qué tipo de general secretario requería. Y finalmente encontró un mecanismo que le permitió tener un mando firme y leal y recuperar a muchos de los principales operadores del Ejército en puestos clave de la institución.

Sin duda, aquella aparición del presidente Calderón, con chaqueta militar, fue, en términos de opinión pública, desafortunada en la forma (el uniforme le quedaba grande, el resto del vestuario hacia notar, lo que no era verdad, que el gesto hubiera sido improvisado), pero en el fondo envió un mensaje que se supo apreciar en el Ejército y fuera de él. Hacía muchos años que un Presidente no portaba un uniforme militar y también mucho tiempo de que un mandatario no se apoyaba tan expresamente en la fortaleza de esa institución. Es verdad que todos los presidentes contemporáneos de nuestro país han tenido un respaldo mayor o menor, pero siempre eficiente y leal de sus mandos militares, mas en pocas ocasiones hemos visto sincronía en el mando político con el castrense.

El presidente Miguel de la Madrid no tuvo ninguna relación especial con el Ejército. El presidente Carlos Salinas de Gortari cultivó la relación, pero puso en reserva temas clave, como la información de la inteligencia militar sobre lo que estaba sucediendo en Chiapas, al grado de que prácticamente se ocultó el asesinato de soldados y oficiales por parte de lo que después conocimos como el EZLN, para no entorpecer el juego político que se estaba desarrollando.

Con Ernesto Zedillo, el general Enrique Cervantes tuvo un papel protagónico, pero el primer mandatario nunca quiso involucrarse en el proceso de toma de decisiones, lo dejó en manos de su general secretario e incluso éste tuvo que soportar la embestida que, desde sectores del gobierno, se realizaron contra mandos de las Fuerzas Armadas, para involucrarlos, injustamente, en el asesinato de Luis Donaldo Colosio: el caso más representativo fue el del general Domiro García Reyes. Pero al mismo tiempo, le tocó al general Cervantes Aguirre realizar una labor de ajuste y limpieza de la institución, en un momento de muchos desafíos, tanto internos como externos y representados por la presencia del narcotráfico, que llegó a infiltrar a la Fuerza en la persona del tristemente célebre Jesús Gutiérrez Rebollo.

Con el presidente Fox las cosas fueron más complicadas porque el primer gobernante surgido de la oposición simplemente no conocía al Ejército ni su historia ni sus tradiciones ni sus valores. Poco antes de la elección, recuerdo una entrevista con el entonces candidato Fox en la cual me dijo que no aceptaría la custodia del Estado Mayor Presidencial, porque eso sería como "poner la Iglesia en manos de Lutero". Es verdad que con el tiempo y sobre todo después de las elecciones, su percepción cambió radicalmente, pero nunca terminó de entender el presidente Fox cuál era la relación del Ejecutivo con su Ejército.

Por eso la relación con el general Vega García fue tan compleja, pues al tiempo que se encomendaban a las Fuerzas Armadas tareas que no entraban estrictamente en su ámbito de atribuciones, se destacaba su lealtad y colaboración, sin embargo, existían presiones muy fuertes, desde el gobierno, para adoptar una serie de medidas que debilitarían a la institución militar.

En otras palabras, mientras en un ámbito se quería que las Fuerzas Armadas fueran el soporte institucional del gobierno, en otro se les debilitada. Fue tan compleja la situación que, al final del sexenio, el general Vega García, ante una indicación para enviar tropas a un punto del país, solicitó al Presidente que la orden le fuera entregada por escrito. La situación se reflejó, también, en otras decisiones, como la idea de que el secretario de la Defensa tuviera que comparecer, no ante su jefe natural, sino ante un Consejo de Seguridad que encabezó en su momento Adolfo Aguilar Zínser y que jamás funcionó porque simplemente su diseño impedía que pudiera hacerlo. Quizás el corolario fue que, durante seis años, nunca aumentó el presupuesto para mejorar la calidad de vida de las tropas, así que se presentó una tasa de deserción muy alta, casi 46 mil al año, ante las magras condiciones económicas con las que tenían que cumplir su función.

El Presidente fue variando su visión de las Fuerzas Armadas, sobre todo durante la transición. Comprendió cuáles eran los principales desafíos, ha enviado la señal de que en realidad se siente como el comandante en jefe y ha procedido en consecuencia. Con ello ha trabajado para recuperar la confianza y la capacidad de operación conjunta y se está mejorando la calidad de vida de los soldados. No es estrictamente verdad que el presidente Calderón se ha apoyado en el Ejército como nunca antes; sí lo es, y eso le da un tono diferente a su gestión, que ha comprendido su funcionamiento, se ha involucrado con él y ha armado un equipo, al frente del Ejército, capaz de trabajar con su misma lógica.

 

 

 

   
 
 
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