NUESTRA AMÉRICA

Lula, ¿otra vez en su laberinto?

 

EDUARDO ANDRÉS ALLER

Según el refrán aplicado al cine, las segundas partes nunca fueron buenas. Ahora, Luiz Inácio Lula Da Silva tendrá que dar lo mejor de sí para que ese apotegma no termine por explicar su segundo mandato y pueda resultar una exitosa excepción a la regla. Hasta este momento, el escenario doméstico lo encuentra empantanado en la formación de un gabinete de coalición y apremiado por la posibilidad de enfrentar un juicio político.

Por otro lado, su política exterior no corre mejor suerte. Últimamente signada por los acuerdos con George W. Bush para la explotación del biocombustible etanol, cosechó duras críticas de propios y extraños y generó cierta incertidumbre hacia dentro del Mercado Común del Sur (Mercosur).

Además, de tanto en tanto, alguno de sus ministros se despacha con una fuerte crítica a las iniciativas regionales –por ejemplo, el Banco del Sur- y aviva el fuego de la prensa masiva.

Durante sus primeros cuatro años de gobierno, Lula logró –aplicando una fuerte ortodoxia fiscal- equilibrar las finanzas del país, desendeudarse del Fondo Monetario Internacional (FMI), implementar fuertes políticas sociales en beneficios de millones de familias carenciadas y, hacia fuera, revitalizar el Mercosur con su decisión de apostar a la integración sudamericana por sobre el Aérea de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un proyecto muy particular de unión continental a imagen y semejanza de los intereses estadounidenses.

Aún así, al mandamás brasileño le fue difícil profundizar en los puntos anteriores y encarar reformas estructurales porque le tocó vivir un verdadero infierno político, donde sus colaboradores más cercanos, nombres históricos del Partido de los Trabajadores (PT), fueron obligados a renunciar por las denuncias de corrupción –muchas de ellas comprobadas- que se levantaron en su contra.

Pero ahora, cuando un comienzo promisorio hacia pensar que el verdadero Lula saldría a la luz, los fantasmas del pasado inmediato amenazan con volver. En menos de un mes, se activaron varios focos de conflicto que, de no resolverlos a tiempo, podrían ubicarlo en un terreno laberíntico, sin principio ni fin. El presente tormentoso hizo olvidar el acuerdo por el precio del gas con el presidente boliviano Evo Morales, la visita a su similar uruguayo Tabaré Vásquez para mantenerlo dentro del Mercosur, el encuentro con Hugo Chávez para confirmar a Venezuela como un aliado estratégico y el lanzamiento en enero del Plan de Aceleración del Crecimiento (PAC).

Pero, ¿por qué Lula, reelecto por el 60 por ciento de los votos, no dispone para gobernar de una tranquilidad que le permita darle continuidad a sus políticas directrices? Una de las explicaciones es que el oficialista PT no es fuerte en el Congreso nacional – ni en Diputados ni en el Senado- y no gobierna los estados más importantes del país.

Es por eso que Lula convocó a sus adversarios para formar un gobierno de coalición, ofreciéndole a cambio un asiento en la mesa de ministros. Así, se fue formando una extraña amalgama ideológica de funcionarios hasta que estalló la polémica: el economista Reinhold Stephanes asumió en el Ministerio de Agricultura.

Stephanes, de 68 años, representante del PMBD, entró en la política en los años 70, como diputado del partido Arena, que entonces apoyaba al régimen militar. Además, fue ministro de Previsión Social en el gobierno de Fernando Collor de Mello (1990-1992) y de Trabajo en el primero de los dos cuatrienios de Fernando Henrique Cardoso (1996-1999), ambas presidencias siempre criticadas por el mismo Lula; la primera por corrupción y la segunda por haber aplicado sin miramiento el modelo neoliberal.

Por último, encadenada con la situación anterior, la semana que pasó registró una amenaza golpista del las Fuerzas Armadas (FFAA) brasileñas contra el Gobierno que consiguió doblegar a Lula y desnudó la debilidad de las instituciones democráticas frente a la militares.

Todo comenzó cuando Lula, en plenas facultades de Comandante en Jefe, desautorizó al comandante de la Fuerza Aérea de Brasil (FAB), que pretendía encarcelar a un grupo de sargentos controladores de vuelo que habían ido a la huelga por mejoras salariares.

Horas después, altos mandos castrenses que prefirieron el anonimato, dijeron a los matutinos que percibían un clima de insubordinación similar al que precedió el Golpe de Estado de 1964, cuando fue depuesto el presidente Joao Goulart. Frente a la presión, el ex sindicalista dio marcha atrás con sus promesas a los trabajadores aéreos y ya no tratará de mediar para que no sean sancionados; además, se olvidará por largo tiempo de la posibilidad de trasladar a manos civiles el control y la administración de los vuelos.

 

 

 

 

   
 
 
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